PARASHÁH JUKÁT

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PARASHÁH 39: JUKÁT
חֻקַּ֣ת
400 100 8
8+100+400
Gematría 508
Jukát Significa: Estatuto
Toráh: Bamidbar Num_19:1-22:1
Haftaráh: Shoftim Jue_11:1-33
Brit Jadasháh: Hebreos 3:1-5:10
Aliyá 1 Domingo
Bamidbar Números 19:1-17
Aliyá 2 Lunes
Bamidbar Números 19:18-20:6
Aliyá 3 Martes
Bamidbar Números 20:7-13
Aliyá 4 Miércoles
Bamidbar Números 20:14-21
Aliyá 5 Jueves
Bamidbar Números 20:22-21:9
Aliyá 6 Viernes
Bamidbar Números 21:10-20
Aliyá 7 Shabat
Bamidbar Números 21:21-22:1
Parasháh Jukát – El Decreto Que No Se Explica
En esta parasháh se abre un decreto divino que no busca lógica humana, sino obediencia confiada. Es el decreto de la Paráh Adumáh, la vaca roja, cuyas cenizas purifican al impuro, pero contaminan al puro. Un misterio que quiebra el razonamiento lineal del hombre y lo enfrenta con la emunáh (fe activa).
La Paráh Adumáh señala a un MASHÍAJ justo y sin mancha, que se ofrece fuera del campamento (cf. Hebreos 13:12), cuyo sacrificio limpia lo que el contacto con la muerte había profanado. Una explicación interesante enseña que “la vaca viene a limpiar el pecado del becerro”, una respuesta celestial a una mancha antigua.
Pero la parasháh no se detiene en el rito. El pueblo avanza, y con el paso también viene el quebranto.
En Kadesh, muere Miryám. Y pareciera que con su partida, el agua cesa de fluir. Algunos sabios creen incluso que era por sus méritos que fluía el agua de la roca, y ahora que Miryám no está, la sed expone la queja repetida de los corazones rebeldes.
Moshéh, agobiado, golpea la roca. No le habló, como ADONAY le mandó, sino que golpeó. Y por ese acto (aparentemente menor) queda fuera de la promesa de la herencia de la tierra prometida. La tradición ve aquí una profunda enseñanza: el justo debe cuidar cada detalle, pues representa al Kádosh Ha Kedoshím. Y también nos recuerda que liderar no es controlar, sino santificar Su Kádosh Nombre.
Aun así, ADONAY decide respaldar a Moshéh y la roca dió agua. Porque el Jésed de ADONAY no se detiene, aunque Sus siervos fallen.
Los caminos del desierto son ardientes. Yisrael pide pasar por Edom y se le niega el paso. Edom, los descendiente de Esav, siguen siendo un obstáculo, como lo serán hasta el final de los días. La Toráh nos muestra que la redención se da entre conflictos, y que la sangre no siempre abre puertas.
Muere Aharón, el Kohén Gadol, en lo alto del monte Hor. Sus ropas pasan a su hijo Eleazar, y el pueblo llora treinta días. El sacerdote de paz ha partido, es como si la nube ya no cubriera al pueblo como antes. Pero la herencia continúa: el sacerdocio pasará de generación en generación.
Entonces vienen las serpientes ardientes. El pueblo, murmura y se queja diciendo: “Nafshénu katzáh balejem hakelokel (nuestra alma está hastiada por el pan miserable)” . Y el juicio no tardó. Serpientes de fuego muerden, y el pueblo cae. Pero ADONAY, en Su compasión, ordena levantar una serpiente de bronce sobre un asta. Quien la mirara con Emunáh, viviría.
¿Una serpiente para sanar? Sí, pues el veneno se enfrenta con la imagen del mismo veneno, pero transformado y elevado. YESHÚA mismo lo dirá así: “Como Moshéh levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Bar Enash (Ben Adam), el Hijo del hombre sea levantado…” (Juan 3:14). Una figura Mesiánica, representación de aquel que vendría en la imagen de hombre para sustituirlo en su muerte sobre una cruz y darle redención.
